viernes, 22 de febrero de 2013



Prólogo:



            Me contaste que alguna vez pudiste ver a ese personaje de cerúleo rostro, raido abrigo negro, gafas de concha y andares de vendaval. Sí, los dos sabemos de quién estoy hablando. Aún puedo notar la extraña sensación que produce encontrárselo cara a cara sabiendo, como tú y yo sabemos, las cosas que se asocian a su nombre.  Pues hace una semana vino a visitarme y tuve que aguantarme el sobresalto. “Soy Céloric…”, me dijo, como si yo no lo supiera ya. A punto estuve de decirle que sabía perfectamente que ese no era su verdadero nombre, ¿Te imaginas? ¿Y si hubiera sido capaz de realizar una torpeza tan enorme?; comprenderás que yo no podía saber a qué demonios había ido a mi casa el tal Céloric… pero en cuanto le vi entrar en el salón tuve que esforzarme en disimular mis ansias por salir corriendo. Y no puedes figurarte… vino para contarme una cosa… ¡y se quedó para varias horas!; un asunto de conciencia ¿lo puedes creer? Alguien como él posee una, pero ya te contaré en otra ocasión todos los detalles y a ser posible junto a un buen vino, como es tu costumbre… Ése tétrico personaje llevaba años mascullando acerca de uno de los diversos crímenes que había cometido, uno de esos crímenes por encargo y a la desesperada que le han hecho famoso en ciertos círculos. Se sentó tan tranquilamente frente a la mesa del salón y se quitó su sombrero de ala ancha. “Por favor, si fueras tan amable de servirme un anís…”, eso fue lo primero que me dijo. La luz blanca pintaba su rostro entrado en siglos vividos con desconcierto y yo no podía sino pensar que tal vez mi última noche en este mundo se decidiría en base a si guardaba alguna botella con ese brebaje o no… y no tenía, así que me apañé con un moscatel del que ignoro su procedencia… debía ser el regalo de algún vecino, uno de esos jubilados que de vez en cuando se entretienen haciéndome una visita. En ese momento sentí que aquella botella que brillaba rojiza en la noche me había salvado la vida… aunque siempre podía haber recurrido a la ayuda que me proporciona mi ancestral biblioteca secreta, esa que ya conoces. Hubiéra bastado que me escondiera en ella, pues allí el horror que era el ser que me observaba de frente en ese momento no poseía ningún poder, ninguna influencia. Pero mejor que no me entretenga. Solo diré dos cosas, increíbles por cierto: la primera es que, según me contó a lo largo de la velada, llevaba años, varias décadas, tratando de retomar el camino correcto. Ignoro qué debía entender él por algo así. Pero asómbrate después, amigo mío, porque lo segundo no es menos curioso, sobre todo para ti que tanto te gustan estas cosas… me reveló, en unas horas, el secreto de un misterio sobre el que llevábamos años hablando y sobre el que Helmke dudó hasta el final de sus días… me contó, en resumen, lo que ocurrió realmente con (Ernesto Meneses), y lo hizo al punto, comenzando la narración al pie de aquella frase…, como si realmente no hubieran pasado los más de cien años desde entonces, en un vistazo temporal tan pragmático como un parpadeo. Por eso te contaré la historia como si de la ampliación de aquella novela que escribí se tratase. Ya sabes lo mucho que me gustan mis transcripciones literarias sobre todo lo que me contaron Helmke y Jacobs. Agradécemelo porque la narración atropellada que yo escuché aquella noche carecía de toda emoción. Por último añadiré que desde entonces, junto a una botella de moscatel, guardo siempre otra de anís, conviene ser precavido. Así pues…


Diálogo con una sombra

¿Qué ocurrió sin embargo con el extraño buhonero conocido bajo el nombre de Humberto Meneses? Todo hacía suponer que en sus últimas horas había conseguido la posesión del preciado tesoro que con tanto anhelo había perseguido en un viaje a vida o muerte desde lo profundo del Yucatán hasta París, alcanzando las solitarias calles de la Barcelona gótica. Nadie supo más de él, nunca se encontró su cuerpo, desapareció junto al objeto numinoso que representara la obsesión de su vida. Y sin embargo aún estaba por decidirse un secreto encuentro, término de una búsqueda desquiciada que tuvo a bien producirse una noche de mayo de 1944. Una fría noche en la que un desamparado hombretón de rasgos severos huyó de nuevo de sus semejantes, buscando refugio una vez más en su pensión destartalada, cercana al puerto de la ciudad; esa noche escuchó una gélida llamada desde el reverso de la única puerta de su guarida. Inquietante esa llamada. Como un chiquillo asustado aproximó una oreja deseando con todas sus fuerzas que aquello no representara de nuevo para él una de esas pesadillas en vida de las que nunca podía escapar. Tal era su destino y tal era su cruz. Entonces ante el silencio producido por la marcha del supuesto visitante, se atrevió a abrir la puerta y asombrado no pudo distinguir sino unas leves palabras negras garabateadas sobre la vieja madera del suelo. “He estado esperando muchos años este momento. Usted y yo somos viejos conocidos. Yo fui su víctima y usted mi verdugo. Por favor, acuda al piso tercero, puerta cuatro”. En esas se expresaba el escueto mensaje. Por lo que aquel hombre con aspecto de no conocer el miedo, tembló al instante. Aquel hombre, que no era un hombre, y que respondía con la identidad de Céloric Callaghan…; era evidentemente un nombre falso y tan poco ilustrativo de su corpulenta figura, tan poco asociado a sus rasgos de cera, que jamás resultó ser un engaño creíble. Nosotros que un día le oímos nombrarse a sí mismo Helveg, podemos imaginar, igualmente, los pensamientos que comenzaron a nadar en el interior de su cabeza desde aquel momento, iban pasando de una sien a otra. Por un lado sentiría curiosidad, pero por otro lado un terror insoportable a encontrarse ante otra vieja historia, olvidada ya, que le haría sentir como un condenado en vida. Víctima y verdugo. El mensaje no llevaba a engaño. Helveg sabía que de nuevo debía enfrentarse a los remordimientos que le atormentaban. Que debía afrontar los resultados de otro de sus actos de supervivencia, a otra humillación, de nuevo otra pesadilla confundida entre un mal sueño y la cotidiana necesidad de seguir con vida.

            Debió desplazarse con cautela. Tan sólo subir unos escalones, hacia el piso superior, y dirigirse a la puerta con el número cuatro colgando impasible. ¿Qué habría detrás? ¿Qué nueva historia? Golpeó la puerta. Una y dos veces. Tres veces. Una misteriosa y trémula voz  susurró hasta alcanzar un cierto volumen, le pidió que “Por favor, no apague la luz del pasillo”, dos veces. Un chasquido precedió a una corriente de aire que se coló fresca por unos instantes en el momento en el que las bisagras gimieron al rozarse, y algo poco menos que comprensible quedó centrado tras el marco de la puerta, una silueta de indescriptible forma, esponjosa y con apenas consistencia. Helveg tuvo que esforzar sus ojos ante la visión de lo incomprensible. Para alguien como él resultaba una actividad poco menos que habitual. Aquella vez, en cambio, dejó escapar un débil y prolongado quejido mientras los ojos tras sus redondas gafas se agrandaban tratando en vano de delimitar aquella forma incorpórea que temblaba y se estremecía, aquella forma oscura que hacía marear a los sentidos. “Entre, se lo suplico, o de algún modo podríamos prolongar en exceso la agonía de verme reconocido en sus ojos, de otra manera no me es posible, ya que en mi casa no guardo espejos.”
            Un nuevo quejido de las bisagras precedió a un suave contacto de madera. Una pequeña casa de apenas tres habitaciones, todas las luces encendidas, las bombillas irradiando calor y las velas apagadas, distribuidas en todos los rincones. Helveg creyó encontrarse en un lugar ahogado, asfixiado. Las paredes se encontraban desconchadas. El amarillo de la luz jugaba con las manchas y la suciedad. Ese calor le hizo sentir su enorme abrigo apretándole el cuerpo. Helveg sentía todas estas cosas cuando la figura trémula se desplazó en dirección a una mesa para después sentarse; costaba acostumbrarse a ella, apenas se atrevía a mirarla. Habian libros por el suelo, libros en torcidos estantes, libros apilados por los suelos, montañas de libros, junto a las velas apagadas. La figura hizo un gesto. Todos los libros eran viejos. Con otro gesto señaló una silla apoyada a un muro. Entonces un sudor frío cayó por la frente de Helveg. Acercó la silla, evitó arrastrarla con un golpe de voluntad, la acomodó y se sentó sobre ella. Sonó algún tipo de crujido. Levantó la vista, y algo pareció brillar entre la densidad de aquel ser oscuro. Brilló otra vez y luego comenzó a hablar.
            - Usted es Celoric, aunque en realidad se llame de otra forma. Hace exactamente cuarenta y nueve años, usted acabó con mi vida.
            Y efectivamente, así podía haber sido. La silla crujió y Helveg se desabrochó el grueso sobretodo. La duda comenzó a asaltarle. ¿Qué ocurrió hace tantos años? ¿En qué se habría diferenciado de otros sucesos similares? Permanecieron en silencio. Trató de observar, la mirada le sirvió de guía para entender mejor a lo que se enfrentaba. Aquella silueta oscura poseía volumen, pero era mudable, a veces parecía perder parte de su contorno y a continuación lo recuperaba dando la impresión de un acabado preciso.
            - Es difícil hacer memoria ¿no es cierto? A mí también me cuesta, mucho más que a cualquier otro. Las ideas no duran mucho dentro de mi cabeza. Siempre que pudiéramos llamar cabeza… - Entonces señaló dos veces al bulto ovalado e impreciso en el que brillaban unas luces internas, lejanas en apariencia. Helveg comenzó a sentir nauseas. Como no había cenado, solo sintió emerger un cierto asco por la garganta. 





(Continuará...)


La revelación de Lord Henry Cunnings










Lord Henry Cunnings caminó durante una hora entre los jardines de la villa de Cunnings, balanceando a cada paso su barnizado bastón de cedro. Bajo la clara luminosidad de aquella mañana de Julio atravesó el sendero anexo a la finca, bajo las hileras de álamos blancos. Su conversación con su prima, Lady Templeton, aquella vivaracha y rubicunda jovencita, había resultado tan divertida como de costumbre. Todo un encanto verla ceñirse el sombrero ante la expectación que le producía un nuevo chisme, escuchar sus risas ante las descripciones de la “agitada” vida de parientes y personas próximas. “Son como un libro abierto para mí”, añadía, “verdaderamente, nuestra vida obedece en exceso a los dictámenes del aburrimiento. No es que ellos sean torpes. Es que, además de eso, su juego consiste en hacerse notar y esa es, sin duda, la parte más estúpida”. Oh, sí, no podría estar más de acuerdo Lord Henry con aquellas palabras tan maliciosas y juguetonas. “Ah, mi querida Myriam, si todas fuesen como tú… qué auténtico remedio para el espíritu”, se decía a si mismo Lord Cunnings. Había sido una lástima que aquella mañana ella no pudiera permanecer más tiempo a su lado. No obstante, la excusa para verse de nuevo ésta vez era que Sir Tomkins organizaba una reunión esa misma noche, al parecer, para presentar en sociedad a un primo irlandés que a saber de dónde había salido. Eso le hizo recordar que debía devolverle cierto libro de cuentos y misterio que le pidió prestado hace tres días. De todas formas se lo pidió prestado con doble intención, ya que a la escena de marcarse la imagen de desinteresado erudito, se añadía que su querido amigo William le exhortó que leyera cierto relato, que el ya conocía de oídas… porque quería comentárselo a la hora del Té del sábado, o sea, mañana. Se trataba de otro de sus conocidos ultimátum literarios. “Sir William me visitará mañana en persona, sería una pérdida de tiempo que yo…., por otra parte no me quito de la cabeza ese pavoroso personaje, ese Lord Ruthven, realmente William tiene razón, su parecido con Byron no puede ser mera casualidad.”

            Una brisa ensoñadora despierta de la calurosa sensación estival a Lord Henry Cunnings. Acotado por las sombras reducidas que proyectan los árboles, se pregunta si no habrá llegado ya el mediodía. “Eso parece” piensa, y golpea suavemente con su bastón el camino de tierra. Algo, sin embargo, parece inquietarle. A su derecha y atravesando un campo cercado, se abre el bosque. Un pequeño e interno brote de misterio le impulsa a saltar la insegura valla que lo rodea. Se dirige hacia allí a zancadas precisas para cruzar el sembrado metódicamente. “¿Me toparé con algún ciervo?”, pero de momento sólo le acoge el rumor de las copas de los árboles mecidas en lo alto. Ahora se da cuenta del silencio en el que lleva sumergido desde hace una hora, más o menos. Al avanzar siente crujir las ramillas caídas. En algún destino incierto se escucha el piar monótono de algún ave. Su bastón brillante se hunde firmemente en el suelo fértil. La inquietud, finalmente, se hace pregunta: “¿Quién habrá venido a recoger a Myriam?, Oh, ella es como una hermana para mí, ¿es que acaso comienza a importunarnos algún mozo con sus peticiones? O será que la edad proclama su enérgica dictadura, servil con el tiempo, pero sobre todo con el laberinto de deudas sociales que contraemos al nacer. Es imposible que la niñez dure eternamente.” Una amplia verja le sorprende en mitad de un claro. La verja se extiende, pero puede ver la puerta principal, abrupto final de un sendero de cipreses. El cementerio bordea en uno de sus laterales la mansión de Cunnings, que, apenas perceptible desde aquí, se eleva distante. “He debido volver sobre mis pasos, pero ¿qué hago ahora?” El extremo del bastón le sirve para entreabrir la enrejada puerta con un movimiento suave de los goznes. Dentro, las calles de lápidas se hilvanan lo más simétricamente posible; las tumbas, ya se sabe, son morada de las postrimerías y en torno a ellas el recuerdo de frases sentidas aún lame el aire, pero ahora el aire permanece inmóvil. “Qué entupido soy ¿no me ha comentado ella que Rushmore, ese muchacho, le había acompañado a casa, a mí casa? ¿Y no fue él quien apareció la otra tarde y la saludo delante del grupo?, ah, ahí le tenemos. Ahora recuerdo la impresión de altivez que le distinguía, no me gustó nada, demasiado evidente, desde luego. ¿Nos habrá salido militar? Todo pudiera ser, en ese caso..., no divaguemos enfermizamente, no nos enfrentamos a un Ruthven de folletín, amigo mío. ¿Tendrá razón William? ¿Serán tan intensas las ficciones, que bajo su apariencia solapamos los actos reales?”. Lord Henry Cunnings sabe que su imaginación ha sido siempre poderosa. En aquellas frías noches de invierno en las que, al calor de la chimenea, escuchaba atentamente la voz de Sir Edgar William leer una y otra vez aquellos pasajes llenos de prodigios. Keats, Shelley, Hoffmann, Homero, Virgilio, Esquilo o Shakespeare, todos desfilando frente a sus ojos. Ellos dos agazapados, conmocionadas criaturas luchando contra la tormenta nocturna y la intemperie, buscando la solución del enigma con la mirada y la mirada planteando a su vez el enigma. “¿Será que el noble vampiro que se lee,  - prosigue - se ha fugado de sus páginas y ha dado el gran salto hacia la humana forma? Sí, es cierto, esa forma, para mí, se ha encaramado en el brazo de la dulce Myriam. ¿Por qué éstos pensamientos?”. Bajo la agotada sombra de un chopo pegado al muro enredado de hiedra, bajo el Sol implacable del mediodía, se sienta, se diría que se derrumba, sobre los mohosos escalones de un viejo panteón. Algún antepasado suyo descansa en su interior, aunque el verbo descansar sea poco apropiado para sus circunstancias, ya que para él las circunstancias acabaron hace tiempo: descansar implica una acción momentánea. Descansa quien luego se levanta, claro, quien quiere realizar después una acción, etc. Porque agotarse es sentir las cosas próximas y terrenales ya saciadas, sentir lo rugoso, sentir lo curvo y sentir el fuego. Descanso previo al grito que proclama la vida, el esplendor de la vida, el latido que se siente cada vez más rítmico, más violento, más aferrado, más y más adentro. Nada de eso se encuentra en el silencio adormecedor, entre las cruces y los pedestales. Frente a la calma que habita desde hace tiempo, noche tras noche, en su lecho: bien está todo a ésta hora donde el Sol golpea el suelo y revela los detalles como puras aristas, en este campo muerto, junto a las flores del artificio y del “no te olvido, pero apenas te recuerdo”. Esa calma, esa claridad que envuelve el camposanto, esa brisa apenas perceptible que empuja el calor cobre la superficie de los objetos. Pero aquí hay alguien que es capaz de sentirse recorrido por esa sutil llama que se contonea, que se pasea suavemente por el cuerpo joven con su caricia inevitable y necesaria. Y es ese rostro, pero sobre todo esos ojos, aquellos ojos ¿fantasías producidas por una mente inquieta, ávida, que desea volar, ávida porque desea saber? “Esos ojos, esa fuerza…” Y desea, desea con esa voluptuosidad que le retuerce bajo la luz cegadora de julio, junto al acalorado muro penetrado por la hiedra aún fresca (…)



            Una nube se pasea solitaria y otorga una breve pincelada de penumbra sin matices al calentado suelo del mediodía, ¡cómo se ha enrarecido la escena! Incluso el piar aquel del pájaro se ha ido. Al cabo de un rato, los árboles, la verja, las tumbas, el sudor, la propia respiración, las propias manos, ya todo parece enrarecidamente familiar. El hambre suena en su estómago. Sensación que se añade a la que le pesa en el pecho, que le provoca un vaivén en la cabeza. Rápido, esta vez sin ningún tipo de cautela, se aproxima a la puerta enrejada. Inicia el trayecto. A paso ligero por el camino llano, recorre el sendero mientras roza apresuradamente matojos y flores. Todo se siente extraño. La casa está próxima, quiere ir hacia la casa a través del tiempo que para él se ha detenido. El frescor del gran zaguán le recibe. Palpitaciones. El salón está próximo, la gran mesa está próxima. Todo lo que le es próximo ahora lo tiene a su alcance.
           
            La comida está servida, el vino dispuesto, el criado aguarda discreto para ofrecerle asiento, “Señor” – le dice. El brillo de las velas es lo único que hace palpitar sus venas con el recuerdo de algo lejano. Con la mirada asustada y por tanto, poco inocente, recorre el amplio comedor, han llegado los padres. El saludo, habitual, de compromiso. Como mandan los cánones, la educación exquisita. No encuentra nada en ellos más de lo que ve yacer por la mesa distribuido, ordenado. Hasta se sorprende a sí mismo repasando, una y otra vez, los objetos cotidianos, los objetos de siempre. Pero no como siempre, algo se rebela en su interior y una nueva sonrisa colorea su rostro ¿Cómo evitarlo? ¿Cómo evitar algo que le hace sentir tan bien?




                   .           .           .           


            - Curioso, muy curioso…  - Masculla Greenberg.

            - A día de hoy…- Divago yo mientras busco en la nevera. – Puede sonar anticuado. Pero sí que mantiene el espíritu de Hoffmanniana ¿no cree?, no como el anterior. De todas formas, parece más humano.
            - Oh, claro. Pero, je… casi parece un Spin Off donde hacer evolucionar a un personaje. Éste libro… ésta colección de relatos no parece poseer una estructura interna y en cambio…

            - ¿Usted qué dice? Está claro que el tema era sexual, salta a la vista. – Remuevo los baldes -, teníamos que haber comprado…, verá, tal y como yo lo veo, la revelación que tiene el personaje es muy personal. Por desgracia esos temas siempre son actuales, al fin y al cabo en los tiempos en los que vivimos, los extremos se han disparado hacia direcciones irreconciliables. El mundo ahora está formado por grandes islas. Las personas son realmente distintas en un sitio o en otro. Cuando eso fue escrito, más o menos, esto no era así. Vivimos en un mundo bastante extraño y cansado…

            Greenberg se levanta y comienza a contemplar reflexivo los cuadros.

            - Todo en esta casa pertenece al pasado. Pero ese pasado no fue mejor que el presente, ¿lo recuerda? La época en la que se escribió ese libro resultó ser convulsa, pero nada de eso aparece ahí…

            - Un escapismo, una evasión… y sin embargo ahora nos ocurre lo mismo. ¿Qué me dice de la libertad del individuo? El personaje, Cunnings, se sorprende de sí mismo en una especie de ambientación decimonónica, es la misma sorpresa que todos tenemos al recordar cómo ha transcurrido el tiempo… ha habido cambios extraordinarios, pero también, también…

            - La misma basura de siempre – El periodista suspira. – Ahora sé por qué me afecta tanto estar aquí. Uno no puede huir de estas paredes, son demasiado estables.

             - ¿Quiere que siga leyendo?

            - Por favor. Yo prepararé la cena.

viernes, 21 de septiembre de 2012



La revelación de Lord Henry Cunnings










Lord Henry Cunnings caminó durante una hora entre los jardines de la villa de Cunnings, balanceando a cada paso su barnizado bastón de cedro. Bajo la clara luminosidad de aquella mañana de Julio atravesó el sendero anexo a la finca, bajo las hileras de álamos blancos. Su conversación con su prima, Lady Templeton, aquella vivaracha y rubicunda jovencita, había resultado tan divertida como de costumbre. Todo un encanto verla ceñirse el sombrero ante la expectación que le producía un nuevo chisme, escuchar sus risas ante las descripciones de la “agitada” vida de parientes y personas próximas. “Son como un libro abierto para mí”, añadía, “verdaderamente, nuestra vida obedece en exceso a los dictámenes del aburrimiento. No es que ellos sean torpes. Es que, además de eso, su juego consiste en hacerse notar y esa es, sin duda, la parte más estúpida”. Oh, sí, no podría estar más de acuerdo Lord Henry con aquellas palabras tan maliciosas y juguetonas. “Ah, mi querida Myriam, si todas fuesen como tú… qué auténtico remedio para el espíritu”, se decía a si mismo Lord Cunnings. Había sido una lástima que aquella mañana ella no pudiera permanecer más tiempo a su lado. No obstante, la excusa para verse de nuevo ésta vez era que Sir Tomkins organizaba una reunión esa misma noche, al parecer, para presentar en sociedad a un primo irlandés que a saber de dónde había salido. Eso le hizo recordar que debía devolverle cierto libro de cuentos y misterio que le pidió prestado hace tres días. De todas formas se lo pidió prestado con doble intención, ya que a la escena de marcarse la imagen de desinteresado erudito, se añadía que su querido amigo William le exhortó que leyera cierto relato, que el ya conocía de oídas… porque quería comentárselo a la hora del Té del sábado, o sea, mañana. Se trataba de otro de sus conocidos ultimátum literarios. “Sir William me visitará mañana en persona, sería una pérdida de tiempo que yo…., por otra parte no me quito de la cabeza ese pavoroso personaje, ese Lord Ruthven, realmente William tiene razón, su parecido con Byron no puede ser mera casualidad.”

            Una brisa ensoñadora despierta de la calurosa sensación estival a Lord Henry Cunnings. Acotado por las sombras reducidas que proyectan los árboles, se pregunta si no habrá llegado ya el mediodía. “Eso parece” piensa, y golpea suavemente con su bastón el camino de tierra. Algo, sin embargo, parece inquietarle. A su derecha y atravesando un campo cercado, se abre el bosque. Un pequeño e interno brote de misterio le impulsa a saltar la insegura valla que lo rodea. Se dirige hacia allí a zancadas precisas para cruzar el sembrado metódicamente. “¿Me toparé con algún ciervo?”, pero de momento sólo le acoge el rumor de las copas de los árboles mecidas en lo alto. Ahora se da cuenta del silencio en el que lleva sumergido desde hace una hora, más o menos. Al avanzar siente crujir las ramillas caídas. En algún destino incierto se escucha el piar monótono de algún ave. Su bastón brillante se hunde firmemente en el suelo fértil. La inquietud, finalmente, se hace pregunta: “¿Quién habrá venido a recoger a Myriam?, Oh, ella es como una hermana para mí, ¿es que acaso comienza a importunarnos algún mozo con sus peticiones? O será que la edad proclama su enérgica dictadura, servil con el tiempo, pero sobre todo con el laberinto de deudas sociales que contraemos al nacer. Es imposible que la niñez dure eternamente.” Una amplia verja le sorprende en mitad de un claro. La verja se extiende, pero puede ver la puerta principal, abrupto final de un sendero de cipreses. El cementerio bordea en uno de sus laterales la mansión de Cunnings, que, apenas perceptible desde aquí, se eleva distante. “He debido volver sobre mis pasos, pero ¿qué hago ahora?” El extremo del bastón le sirve para entreabrir la enrejada puerta con un movimiento suave de los goznes. Dentro, las calles de lápidas se hilvanan lo más simétricamente posible; las tumbas, ya se sabe, son morada de las postrimerías y en torno a ellas el recuerdo de frases sentidas aún lame el aire, pero ahora el aire permanece inmóvil. “Qué entupido soy ¿no me ha comentado ella que Rushmore, ese muchacho, le había acompañado a casa, a mí casa? ¿Y no fue él quien apareció la otra tarde y la saludo delante del grupo?, ah, ahí le tenemos. Ahora recuerdo la impresión de altivez que le distinguía, no me gustó nada, demasiado evidente, desde luego. ¿Nos habrá salido militar? Todo pudiera ser, en ese caso..., no divaguemos enfermizamente, no nos enfrentamos a un Ruthven de folletín, amigo mío. ¿Tendrá razón William? ¿Serán tan intensas las ficciones, que bajo su apariencia solapamos los actos reales?”. Lord Henry Cunnings sabe que su imaginación ha sido siempre poderosa. En aquellas frías noches de invierno en las que, al calor de la chimenea, escuchaba atentamente la voz de Sir Edgar William leer una y otra vez aquellos pasajes llenos de prodigios. Keats, Shelley, Hoffmann, Homero, Virgilio, Esquilo o Shakespeare, todos desfilando frente a sus ojos. Ellos dos agazapados, conmocionadas criaturas luchando contra la tormenta nocturna y la intemperie, buscando la solución del enigma con la mirada y la mirada planteando a su vez el enigma. “¿Será que el noble vampiro que se lee,  - prosigue - se ha fugado de sus páginas y ha dado el gran salto hacia la humana forma? Sí, es cierto, esa forma, para mí, se ha encaramado en el brazo de la dulce Myriam. ¿Por qué éstos pensamientos?”. Bajo la agotada sombra de un chopo pegado al muro enredado de hiedra, bajo el Sol implacable del mediodía, se sienta, se diría que se derrumba, sobre los mohosos escalones de un viejo panteón. Algún antepasado suyo descansa en su interior, aunque el verbo descansar sea poco apropiado para sus circunstancias, ya que para él las circunstancias acabaron hace tiempo: descansar implica una acción momentánea. Descansa quien luego se levanta, claro, quien quiere realizar después una acción, etc. Porque agotarse es sentir las cosas próximas y terrenales ya saciadas, sentir lo rugoso, sentir lo curvo y sentir el fuego. Descanso previo al grito que proclama la vida, el esplendor de la vida, el latido que se siente cada vez más rítmico, más violento, más aferrado, más y más adentro. Nada de eso se encuentra en el silencio adormecedor, entre las cruces y los pedestales. Frente a la calma que habita desde hace tiempo, noche tras noche, en su lecho: bien está todo a ésta hora donde el Sol golpea el suelo y revela los detalles como puras aristas, en este campo muerto, junto a las flores del artificio y del “no te olvido, pero apenas te recuerdo”. Esa calma, esa claridad que envuelve el camposanto, esa brisa apenas perceptible que empuja el calor cobre la superficie de los objetos. Pero aquí hay alguien que es capaz de sentirse recorrido por esa sutil llama que se contonea, que se pasea suavemente por el cuerpo joven con su caricia inevitable y necesaria. Y es ese rostro, pero sobre todo esos ojos, aquellos ojos ¿fantasías producidas por una mente inquieta, ávida, que desea volar, ávida porque desea saber? “Esos ojos, esa fuerza…” Y desea, desea con esa voluptuosidad que le retuerce bajo la luz cegadora de julio, junto al acalorado muro penetrado por la hiedra aún fresca (…)



            Una nube se pasea solitaria y otorga una breve pincelada de penumbra sin matices al calentado suelo del mediodía, ¡cómo se ha enrarecido la escena! Incluso el piar aquel del pájaro se ha ido. Al cabo de un rato, los árboles, la verja, las tumbas, el sudor, la propia respiración, las propias manos, ya todo parece enrarecidamente familiar. El hambre suena en su estómago. Sensación que se añade a la que le pesa en el pecho, que le provoca un vaivén en la cabeza. Rápido, esta vez sin ningún tipo de cautela, se aproxima a la puerta enrejada. Inicia el trayecto. A paso ligero por el camino llano, recorre el sendero mientras roza apresuradamente matojos y flores. Todo se siente extraño. La casa está próxima, quiere ir hacia la casa a través del tiempo que para él se ha detenido. El frescor del gran zaguán le recibe. Palpitaciones. El salón está próximo, la gran mesa está próxima. Todo lo que le es próximo ahora lo tiene a su alcance.
           
            La comida está servida, el vino dispuesto, el criado aguarda discreto para ofrecerle asiento, “Señor” – le dice. El brillo de las velas es lo único que hace palpitar sus venas con el recuerdo de algo lejano. Con la mirada asustada y por tanto, poco inocente, recorre el amplio comedor, han llegado los padres. El saludo, habitual, de compromiso. Como mandan los cánones, la educación exquisita. No encuentra nada en ellos más de lo que ve yacer por la mesa distribuido, ordenado. Hasta se sorprende a sí mismo repasando, una y otra vez, los objetos cotidianos, los objetos de siempre. Pero no como siempre, algo se rebela en su interior y una nueva sonrisa colorea su rostro ¿Cómo evitarlo? ¿Cómo evitar algo que le hace sentir tan bien?




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            - Curioso, muy curioso…  - Masculla Greenberg.

            - A día de hoy…- Divago yo mientras busco en la nevera. – Puede sonar anticuado. Pero sí que mantiene el espíritu de Hoffmanniana ¿no cree?, no como el anterior. De todas formas, parece más humano.
            - Oh, claro. Pero, je… casi parece un Spin Off donde hacer evolucionar a un personaje. Éste libro… ésta colección de relatos no parece poseer una estructura interna y en cambio…

            - ¿Usted qué dice? Está claro que el tema era sexual, salta a la vista. – Remuevo los baldes -, teníamos que haber comprado…, verá, tal y como yo lo veo, la revelación que tiene el personaje es muy personal. Por desgracia esos temas siempre son actuales, al fin y al cabo en los tiempos en los que vivimos, los extremos se han disparado hacia direcciones irreconciliables. El mundo ahora está formado por grandes islas. Las personas son realmente distintas en un sitio o en otro. Cuando eso fue escrito, más o menos, esto no era así. Vivimos en un mundo bastante extraño y cansado…

            Greenberg se levanta y comienza a contemplar reflexivo los cuadros.

            - Todo en esta casa pertenece al pasado. Pero ese pasado no fue mejor que el presente, ¿lo recuerda? La época en la que se escribió ese libro resultó ser convulsa, pero nada de eso aparece ahí…

            - Un escapismo, una evasión… y sin embargo ahora nos ocurre lo mismo. ¿Qué me dice de la libertad del individuo? El personaje, Cunnings, se sorprende de sí mismo en una especie de ambientación decimonónica, es la misma sorpresa que todos tenemos al recordar cómo ha transcurrido el tiempo… ha habido cambios extraordinarios, pero también, también…

            - La misma basura de siempre – El periodista suspira. – Ahora sé por qué me afecta tanto estar aquí. Uno no puede huir de estas paredes, son demasiado estables.

             - ¿Quiere que siga leyendo?

            - Por favor. Yo prepararé la cena.